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El "impuesto" silencioso de la IA: Capital que vuela y empleos que no nacen

2025-12-09 · Por Esteban Rey (@Kilowatto)

Recuerdo vívidamente el sonido y el calor de los laboratorios de cómputo en 1999. Trabajaba en una universidad de diseño gráfico justo cuando la tecnología comenzaba a acelerar el pulso de la creatividad. En ese entonces, ver cómo el software reducía los tiempos de creación de un logotipo era fascinante, casi mágico. Sin embargo, persistía una barrera de entrada: el costo. Vos tenés que entender que, en ese momento, el acceso a esa tecnología era limitado.

En mis primeros emprendimientos, contratar a un diseñador profesional para crear una identidad visual era una inversión dolorosa, casi prohibitiva. Lo mismo sucedía en el ámbito legal; solicitar a un abogado la redacción de un simple contrato de compra-venta implicaba honorarios que hacían temblar la caja chica de cualquier startup. Entendíamos el valor de la pericia humana, pero el precio de acceso era alto. Vos podés imaginar lo difícil que era para nosotros, que estábamos empezando.

Hoy, esa barrera se ha pulverizado.

Confieso lo que muchos hacen en las sombras pero pocos admiten en público: si necesito un contrato, se lo pido a una Inteligencia Artificial. Sé que mis amigos abogados levantarán la ceja y me advertirán sobre los mil riesgos legales y matices que la máquina ignora. Tienen razón. Pero la realidad pragmática del mercado es aplastante: lo hago yo, y lo hacen millones de personas ahora mismo. Lo mismo ocurre con aplicaciones y sitios web levantados a fuerza de tabuladores y código generado por IA, por personas que jamás han tomado una clase de Ciencias de la Computación. Logos, videos, locuciones; todo al alcance de un prompt. Vos tenés que admitir que es tentador.

A primera vista, esto parece la democratización definitiva de la productividad. Pero si miramos más de cerca, estamos ante un fenómeno económico que podría desangrar a las economías emergentes como México. Vos te das cuenta de que hay algo más profundo en juego.

En mis visitas recientes a decenas de corporativos, he notado un patrón inquietante en el discurso de los CEOs. Ya no se jactan de sus grandes equipos; ahora presumen la eficiencia de sus agentes de IA. Y aquí está el matiz peligroso: no están despidiendo masivamente, simplemente han dejado de contratar. Vos podés ver el problema que esto genera.

Es la "silla vacía" que nunca se ocupa. El puesto junior de redacción, el asistente legal, el diseñador gráfico de entrada, el analista de datos nivel 1; esas plazas están desapareciendo silenciosamente. A esto sumemos la obsesión del ecosistema emprendedor: conozco fundadores forzando procesos de IA donde no hacen sentido, únicamente porque saben que los fondos de Capital de Riesgo (VCs) no abrirán la cartera si el pitch no incluye las palabras mágicas "Artificial Intelligence". Vos ves cómo esto puede llevar a una situación complicada.

La pregunta que me quita el sueño es: ¿Qué le pasa a la economía de un país emergente cuando sustituimos nómina por suscripciones? Vos tenés que pensar en las consecuencias a largo plazo.

Hagamos la autopsia financiera de este cambio. Cuando una empresa mexicana contrata a un empleado local, se activa un ciclo virtuoso. Ese sueldo paga Impuesto Sobre la Renta (ISR), aporta al IMSS e Infonavit, y lo más importante: se gasta en la economía local. El empleado compra tacos en la esquina, paga renta en la colonia, va al cine y consume servicios locales. El dinero circula y genera riqueza interna. Vos podés ver cómo esto beneficia a la comunidad.

Ahora, imaginemos que esa empresa decide no contratar al empleado y sustituir su función por una suscripción Enterprise de una IA generativa. Vos te das cuenta de que el panorama cambia completamente.

El costo operativo puede ser similar o incluso menor, pero el destino del capital es radicalmente distinto. Ese pago se realiza típicamente con una tarjeta de crédito corporativa. El dinero sale instantáneamente de la economía mexicana y aterriza en las arcas de una de las pocas empresas hiperescaladoras en San Francisco o Seattle. Vos ves cómo se pierde el control sobre el flujo de dinero.

No hay retención de ISR por sueldos. No hay aportación a la seguridad social. No hay consumo local derivado de ese gasto. Es, en esencia, una fuga de capitales hormiga, pero a escala industrial. Estamos cambiando generación de riqueza interna por eficiencia operativa externa. Vos podés ver el impacto negativo que esto tiene.

Las economías emergentes corren el riesgo de convertirse en meros usuarios pasivos, pagadores de renta digital, mientras sus bases laborales se contraen. Si la IA concentra la riqueza en un puñado de actores globales (que ya sabemos quiénes son), ¿qué queda para los sistemas fiscales y de seguridad social de países como el nuestro? Vos tenés que preocuparte por el futuro.

No se trata de ponerse frente al tren del progreso con una bandera ludita; la IA llegó para quedarse y su utilidad es innegable. Pero debemos ser brutalmente honestos sobre el costo macroeconómico. Estamos celebrando la agilidad de nuestros negocios mientras, quizás, estamos erosionando la base misma que sostiene a nuestra economía nacional: el empleo y la circulación local del capital. Vos podés ver que es un tema complejo.

La próxima vez que celebremos haber ahorrado en un contrato o un diseño gracias a la IA, valdría la pena preguntarnos: ese dinero que ahorramos, ¿hacia dónde viajó? Porque seguro, no se quedó en México. Vos tenés que hacer la pregunta: ¿qué costo tiene realmente este progreso?